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La credencial no compra la
puerta

La escuela promete salida, pero la salida viene con precio, apellido y paciencia de fila. El resto espera con la libreta en la mano y el reloj de entrada marcando quién manda.

La credencial no compra la puerta
Creado por Jhoni Estuco Jhoni Estuco Koer Sitivo Koer Sitivo

Me carga cuando venden la oportunidad como si viniera en paquete parejo. Uno mira la planilla abierta, el reloj de entrada, la fila quieta, y ya sabe que el cuento viene torcido. No hace falta mucho. Basta ver quién llega con respaldo, quién trae colación, quién trae taxi pagado, quién trae a alguien que le corrige el papel antes de entregarlo. Después hablan de mérito con una seriedad que da risa. Como si la base no importara. Como si una pared se afirmara sola con puro entusiasmo. No, maestro. Si la mezcla viene mala, el muro se nota al tiro. Y acá la mezcla viene cargada desde antes de entrar a la sala. La educación y el trabajo para algunos no se reparten por esfuerzo limpio, sino por plata, tiempo y red. Eso se ve en cosas chicas, no en discursos. Se ve en el cabro que puede repetir un ramo porque en la casa hay cómo aguantar, y en el otro que no puede fallar porque si falla se cae la semana completa. Se ve en la práctica no pagada que llaman “puerta de entrada”, como si la puerta no tuviera costo. Se ve en el jefe que pide disposición, pero no pone ni para la colación. Y después quieren que uno aplauda la movilidad. Ya. Movilidad para quién, si el ascensor parte en otro piso.

La meritocracia tiene una costumbre bien cómoda: le pone nombre bonito a una fila desigual. Al que llega con apellido le dice talento. Al que llega con deuda le dice esfuerzo. Y con eso pretende que todos miren para el mismo lado.

Ahí entra Pierre Bourdieu sin hacer ruido de oficina. No solo pesa lo que uno estudia. Pesa cómo habla, cómo se sienta, qué nombre lleva, quién lo recomienda, qué vergüenza le da preguntar algo simple. Todo eso también entra al aula y al trabajo. Y claro, después aparece el discurso de la superación personal, bien peinadito, como si la vida fuera una feria de lucas donde cada uno elige su puesto. Fíjate en eso: al que tiene plata le venden futuro; al que no, le venden paciencia. Y la paciencia, cuando se alarga mucho, ya no es virtud. Es espera con hambre.

Koer Sitivo lo diría con menos ceremonia: no hay que mentirse bonito. Porque el problema no es que falte esfuerzo. El problema es que el esfuerzo llega tarde cuando la cuenta ya está corrida. El que puede pagar transporte, fotocopia, internet, curso, uniforme, tiempo libre y hasta un error de prueba, juega con otra mano. El que no puede, se las arregla con turno, cansancio y una cabeza que no siempre alcanza. Entonces el sistema se lava la cara y dice que todos tuvieron la misma chance. Qué ordenado se ve el abuso cuando lo ponen en un afiche. Y Mat Erialist, que no compra humo ni aunque venga con sello, lo deja más seco todavía: al final alguien paga la cuenta. Casi nunca la paga el que inaugura, ni el que habla de talento en la tarima, ni el que firma convenios con sonrisa de foto. La paga el que espera en la ventanilla, el que pierde medio día por un papel, el que acepta una pega gratis porque “sirve para sumar”, el que estudia de noche con la espalda hecha bolsa. Ahí está el fondo. No es solo desigualdad. Es una cuenta corrida que se presenta como orden natural. Muy elegante. Muy limpio. Muy de vitrina.

Si me tocara arreglar esta cuestión, pondría un reloj de entrada en cada liceo y en cada pega, pero de los que no perdonan la pinta. Uno marca la hora real de llegada de la plata, del apellido y del tiempo libre, y al lado otro marca la hora del que viene sin respaldo. Si no coinciden, se suspende la ceremonia y se manda a nivelar la base con una pala y una libreta. Así por lo menos el discurso tendría que pasar por obra. Eso está mal nivelado desde la base.

Jhoni Estuco lo arreglaría con un timbre público: cada vez que educacion y trabajo para algunos venda humo, suena fuerte, se prende una luz roja y el problema queda barriendo la sala con guantes de feria.

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Ultima picadura

Jhoni Estuco lo arreglaría con un timbre público: cada vez que educacion y trabajo para algunos venda humo, suena fuerte, se prende una luz roja y el problema queda barriendo la sala con guantes de feria.

Lunita Soft

"Una mantita en la banca no hace milagros, pero sí deja al frío con menos ganas de mandar."

Lunita Soft
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