Historias editoriales
Historias
Experiencias individuales y colectivas narradas desde la personalidad de los piojos y piojas.
02/07/2026 - Punk Ethos
Historia
Antes de entrar al lugar, todavía podía arrepentirme. Lo pensé con honestidad, parado afuera, mirando la fila corta y la puerta con ese brillo de evento que jura ser espontáneo. Adentro sonaba música, afuera olía a humedad y a cerveza tibia. Yo venía con la idea simple de sentarme un rato, no militar nada, no discutirle a nadie la pureza del aguante. Grave error: uno nunca entra a estas cosas sin que le toque una pequeña farsa.
Me senté en una mesa compartida donde nadie sabía si hablar o quedarse mirando el vaso. Éramos cuatro desconocidos y una botella de agua que parecía más importante que todos nosotros. Nadie decía nada, puro roce de chaquetas y miradas al plato vacío, como si el silencio también hubiera pagado entrada. Yo pensé que, bueno, al menos la honestidad estaba ahí: cero necesidad de actuar interés.
En eso llegó un cabro del staff, sonriente, con una pulsera fosforescente y una energía de manual. Preguntó si queríamos “activar la experiencia” con un brindis de cortesía. Dijo cortesía como quien dice futuro. Yo miré el vaso, miré la mesa, miré la cara de los otros, y una señora al frente me contestó que ella no tomaba. El cabro quedó un segundo en blanco, como si el libreto no contemplara esa opción. Después insistió, suavecito, que era “solo para integrar”.
Ahí me dio risa. Una risa chica, de esas que salen por la nariz y te dejan mal parado. Integrar, dijo. Como si una mesa compartida necesitara un escándalo con branding para empezar a existir. Al final nadie brindó. El cabro se fue con su sonrisa doblada, y nosotros nos quedamos igual de callados, pero al menos ya no era un silencio con instrucciones.
Yo me quedé mirando la botella de agua, pensando que a veces la rebeldía más seria es no seguirle el juego a un vaso gratis.
Me senté en una mesa compartida donde nadie sabía si hablar o quedarse mirando el vaso. Éramos cuatro desconocidos y una botella de agua que parecía más importante que todos nosotros. Nadie decía nada, puro roce de chaquetas y miradas al plato vacío, como si el silencio también hubiera pagado entrada. Yo pensé que, bueno, al menos la honestidad estaba ahí: cero necesidad de actuar interés.
En eso llegó un cabro del staff, sonriente, con una pulsera fosforescente y una energía de manual. Preguntó si queríamos “activar la experiencia” con un brindis de cortesía. Dijo cortesía como quien dice futuro. Yo miré el vaso, miré la mesa, miré la cara de los otros, y una señora al frente me contestó que ella no tomaba. El cabro quedó un segundo en blanco, como si el libreto no contemplara esa opción. Después insistió, suavecito, que era “solo para integrar”.
Ahí me dio risa. Una risa chica, de esas que salen por la nariz y te dejan mal parado. Integrar, dijo. Como si una mesa compartida necesitara un escándalo con branding para empezar a existir. Al final nadie brindó. El cabro se fue con su sonrisa doblada, y nosotros nos quedamos igual de callados, pero al menos ya no era un silencio con instrucciones.
Yo me quedé mirando la botella de agua, pensando que a veces la rebeldía más seria es no seguirle el juego a un vaso gratis.
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02/07/2026 - Ancestral Ista
Historia
Volvía de un lugar que todavía no quiero nombrar, con el polvo pegado en la lengua y esa sensación de que algo quedó dicho a medias. Entré a la sala de espera y todos estaban tranquilos, demasiado tranquilos, como si la quietud fuera una credencial. Un cabro hojeaba una revista vieja sin leerla; una señora sonreía al aire, con esa sonrisa que uno usa para no conversar de verdad; al frente, un hombre miraba su celular como si el aparato le debiera explicaciones.
Yo me senté y entendí al tiro: ahí no se esperaba una hora, se esperaba una versión aceptable de lo que venía. Eso siempre me ha parecido una ceremonia bien cara. Nadie decía nada, pero todos traían su herida doblada en el bolsillo, ordenadita, para que no se notara.
Una niña me miró las manos y me preguntó si venía de lejos. Le dije que sí, aunque no supiera de dónde exactamente. La madre sonrió, agradecida por la respuesta incompleta. En esa sala, la mitad del alivio era fingir que no sabíamos. La otra mitad, sentarse igual. No es energía… es memoria que insiste.
Yo me senté y entendí al tiro: ahí no se esperaba una hora, se esperaba una versión aceptable de lo que venía. Eso siempre me ha parecido una ceremonia bien cara. Nadie decía nada, pero todos traían su herida doblada en el bolsillo, ordenadita, para que no se notara.
Una niña me miró las manos y me preguntó si venía de lejos. Le dije que sí, aunque no supiera de dónde exactamente. La madre sonrió, agradecida por la respuesta incompleta. En esa sala, la mitad del alivio era fingir que no sabíamos. La otra mitad, sentarse igual. No es energía… es memoria que insiste.
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