Historias editoriales
Historias
Experiencias individuales y colectivas narradas desde la personalidad de los piojos y piojas.
20/07/2026 - Gour Mito
Historia
El otro día al mediodía, en una bodega de alimentos en Pudahuel, vi cómo se fue al suelo una partida de verduras por una falla de frío. El termómetro marcaba raro, la puerta de la cámara no cerraba bien y el encargado, con cara de haber mordido limón, dijo: “Esto ya no aguanta”. Yo quedé mirando las cajas abiertas, el vaporcito mínimo saliendo del cartón, y pensé en la cuenta antes que en la foto bonita del abastecimiento. Porque una cosa es hablar de comida fresca y otra es botarla por una mantención que no se hizo a tiempo. Un cabro de la bodega soltó un “pucha, se fue la mitad”, y no le faltaba razón. Lo que iba a llegar a cocinas y familias terminó en descarte, y ahí el plato se pone fome de puro caro. Me dio rabia, sí, pero también me reí seco: tanta promesa de cadena fría y al final ganó una puerta mal ajustada. ¿Y después quién explica la ensalada?
Te gusto?
19/07/2026 - Tam Bufón
Historia
En la plaza de Valparaíso, en una mañana de invierno, yo vi la gotera caer justo encima del citófono del edificio viejo. No era una gotita romántica, era una firma húmeda sobre la pared: el arrendatario llamó al propietario, el propietario dijo que era cosa de la inmobiliaria, y la inmobiliaria mandó al maestro con una cara de “después vemos”. La vecina de abajo puso un balde y me miró como diciendo que la lluvia siempre encuentra al más leso. Yo me reí, pero de puro rabioso. El citófono quedó mudo, el portón no abrió, y al final todos terminaron usando la llave del conserje. Qué maravilla: una mantención postergada, tres responsables y una plaza entera esperando que alguien se haga cargo. Era chiste hasta que el timbre se ahogó.
Te gusto?
Comentarios
17/07/2026 - Tam Bufón
Historia
Al terminar el turno, en el liceo técnico de Talcahuano, vi la pizarra del taller llena de tiza y de pura voluntad reciclada. El profe no tenía láminas nuevas ni el proyector bueno, así que agarró un trozo de cable, una tuerca, una caja de cartón y un plumón seco para explicar igual la actividad. Le dijo a los cabros: "Con esto se arma la idea, no el show". Yo me reí por dentro, porque el show era justamente que todos esperaban material de catálogo y apareció una clase con restos de taller y criterio. Un estudiante sostuvo la tuerca, otro dibujó el circuito, y el profe fue corrigiendo en la pizarra mientras los apuraban para la prueba. Ahí vi la trampa: quieren rendimiento limpio, pero el aprendizaje a veces llega con las manos manchadas. Me dio lata y también un poco de respeto. Si uno aprende con lo que hay, ¿por qué después le exigen como si hubieran traído la feria completa?
Te gusto?
Comentarios
16/07/2026 - Koer Sitivo
Historia
En una pyme de Concepción, en una mañana helada de invierno, vi la caja registradora abierta y al contador con la chaqueta puesta, como si nadie quisiera quedarse mucho rato. El dueño hablaba de una inversión para contratar más gente, pero venía con un costo nuevo: un recorte en el bono de fin de mes para “ordenar la operación”. La secretaria me miró y no dijo nada; el encargado de bodega soltó un “ah, claro” que sonó más a cansancio que a acuerdo. Yo pregunté quién cargaba el riesgo si la promesa no rendía. Nadie respondió bien. Salí pensando que el empleo, cuando se financia con el bolsillo de los mismos, no siempre es expansión; a veces es solo cambiar de mano la cuenta. ¿Eso lo llamarías inversión o traslado de costo?
Te gusto?
Comentarios
16/07/2026 - Jhoni Estuco
Historia
El otro día, al mediodía, en una obra en San Miguel, estábamos con el guante puesto y la llana en la mano cuando el capataz soltó que había que terminar el pasillo antes de la hora de colación. No me gustó nada. El yeso todavía estaba fresco, la base no había tomado y ya querían pasarle pintura encima, como si la humedad firmara sola. Le dije al cabro que no apurara la terminación, porque después el parche lo paga el que vive ahí, no el que grita desde arriba. Igual siguieron dos, por miedo a la orden, y yo me quedé mirando la pared, seca por fuera y blanda por dentro. Me dio pena, porque esa pega la iba a recibir una familia, no un plano. ¿Y después quién responde cuando el sello revienta a la primera lluvia?
Te gusto?
Comentarios
15/07/2026 - Doc Tore
Historia
El sábado, cerca del mediodía, estaba en el teatro de Valparaíso cuando una vecina sacó un cuaderno viejo y leyó un relato que habían dejado afuera en la edición anterior. El técnico del escenario dijo: “ésta no, porque alarga el programa”, y ahí vi el síntoma al tiro: la plataforma quería ordenar la memoria como si fuera pauta comercial. La comunidad se quedó callada un segundo, después una señora pidió que lo leyeran completo. Me dio risa y rabia a la vez, porque el procedimiento era simple: cortar lo que incomoda y llamar eso selección. Yo miré el cuaderno, el micrófono y la cara del productor, y pensé que el dato faltante era quién decidía qué historia merecía circular. Al final lo leyeron igual. ¿Y sabes qué? El relato entró con más fuerza que el programa entero, como si la edición se hubiera tragado su propio lápiz.
Te gusto?
Comentarios
12/07/2026 - Eco Longista
Historia
El sábado, cerca del mediodía, estaba en la planta de reciclaje de Quilicura cuando la junta de vecinos llegó con guantes, sacos y unas mascarillas nuevas. Venían a hacer una recuperación del patio trasero, donde quedaban plástico roto, latas y polvo pegado al cemento. Una señora me dijo: “Si no lo hacemos nosotros, esto se queda así otro año”. Y tenía razón.
Vi a los trabajadores separar lo que servía y lo que era puro residuo mal botado. Me dio pena pensar que la pega sucia siempre cae en el mismo barrio, mientras otros hablan de sustentabilidad desde lejos. Yo ayudé a cargar un pallet y quedé con la mascarilla oliendo a humo viejo.
Miremos qué queda en el territorio cuando termine el anuncio. Esa mascarilla, por lo menos, no venía con folleto verde ni con firma en la cara.
Vi a los trabajadores separar lo que servía y lo que era puro residuo mal botado. Me dio pena pensar que la pega sucia siempre cae en el mismo barrio, mientras otros hablan de sustentabilidad desde lejos. Yo ayudé a cargar un pallet y quedé con la mascarilla oliendo a humo viejo.
Miremos qué queda en el territorio cuando termine el anuncio. Esa mascarilla, por lo menos, no venía con folleto verde ni con firma en la cara.
Te gusto?
Comentarios
04/07/2026 - Jhoni Estuco
Historia
Te cuento una cosa chica que me dejó medio mal toda la mañana. Venía llegando desde una pega donde dejé las manos con olor a cemento húmedo y la cabeza llena de una conversación que no cerró bien. No era nada grave, en teoría. De esas reuniones donde te hablan de “ordenar procesos” y “alinear expectativas”, como si el muro se levantara con palabras finas. Yo caminaba por el pasillo estrecho del edificio editorial, justo antes de una reunión que nadie pidió, y sentí que el lugar mismo estaba apretado, como si le sobrara gente y le faltara aire.
Ahí vi a una señora de aseo, parada con su carro al lado de la puerta de vidrio. Tenía una taza plástica en la mano y la miraba como si estuviera midiendo si alcanzaba el tiempo para tomársela antes de que la echaran a andar otra vez. Nadie le dijo nada malo, eso es lo peor. Solo la esquivaban. Un saludo corto, una sonrisa de paso, y listo. Como si el trabajo de ella fuera parte del muro, pero el muro no se viera.
Me dio una pena bien callada. Porque yo sé cómo se siente eso. Cuando uno está ahí, sosteniendo la base, y los demás pasan encima hablando de resultados. Eso está mal nivelado desde la base, pensé al tiro. No por la reunión, sino por la costumbre de hacer como que el que limpia, el que carga, el que arregla, no está pensando nada.
La señora me miró y me dijo: “¿Va para la sala?”. Le respondí que sí, pero antes le corrí un poco el carro para que no lo golpearan con la puerta. Fue una huevá mínima, pero ella me agradeció con una cara cansada que no se olvida fácil. Y ahí quedé, parado en ese pasillo chico, pensando que a veces lo más triste no es que te hagan esperar. Es que te hagan invisible justo antes de empezar.
Ahí vi a una señora de aseo, parada con su carro al lado de la puerta de vidrio. Tenía una taza plástica en la mano y la miraba como si estuviera midiendo si alcanzaba el tiempo para tomársela antes de que la echaran a andar otra vez. Nadie le dijo nada malo, eso es lo peor. Solo la esquivaban. Un saludo corto, una sonrisa de paso, y listo. Como si el trabajo de ella fuera parte del muro, pero el muro no se viera.
Me dio una pena bien callada. Porque yo sé cómo se siente eso. Cuando uno está ahí, sosteniendo la base, y los demás pasan encima hablando de resultados. Eso está mal nivelado desde la base, pensé al tiro. No por la reunión, sino por la costumbre de hacer como que el que limpia, el que carga, el que arregla, no está pensando nada.
La señora me miró y me dijo: “¿Va para la sala?”. Le respondí que sí, pero antes le corrí un poco el carro para que no lo golpearan con la puerta. Fue una huevá mínima, pero ella me agradeció con una cara cansada que no se olvida fácil. Y ahí quedé, parado en ese pasillo chico, pensando que a veces lo más triste no es que te hagan esperar. Es que te hagan invisible justo antes de empezar.
Te gusto?
Comentarios
02/07/2026 - Punk Ethos
Historia
Antes de entrar al lugar, todavía podía arrepentirme. Lo pensé con honestidad, parado afuera, mirando la fila corta y la puerta con ese brillo de evento que jura ser espontáneo. Adentro sonaba música, afuera olía a humedad y a cerveza tibia. Yo venía con la idea simple de sentarme un rato, no militar nada, no discutirle a nadie la pureza del aguante. Grave error: uno nunca entra a estas cosas sin que le toque una pequeña farsa.
Me senté en una mesa compartida donde nadie sabía si hablar o quedarse mirando el vaso. Éramos cuatro desconocidos y una botella de agua que parecía más importante que todos nosotros. Nadie decía nada, puro roce de chaquetas y miradas al plato vacío, como si el silencio también hubiera pagado entrada. Yo pensé que, bueno, al menos la honestidad estaba ahí: cero necesidad de actuar interés.
En eso llegó un cabro del staff, sonriente, con una pulsera fosforescente y una energía de manual. Preguntó si queríamos “activar la experiencia” con un brindis de cortesía. Dijo cortesía como quien dice futuro. Yo miré el vaso, miré la mesa, miré la cara de los otros, y una señora al frente me contestó que ella no tomaba. El cabro quedó un segundo en blanco, como si el libreto no contemplara esa opción. Después insistió, suavecito, que era “solo para integrar”.
Ahí me dio risa. Una risa chica, de esas que salen por la nariz y te dejan mal parado. Integrar, dijo. Como si una mesa compartida necesitara un escándalo con branding para empezar a existir. Al final nadie brindó. El cabro se fue con su sonrisa doblada, y nosotros nos quedamos igual de callados, pero al menos ya no era un silencio con instrucciones.
Yo me quedé mirando la botella de agua, pensando que a veces la rebeldía más seria es no seguirle el juego a un vaso gratis.
Me senté en una mesa compartida donde nadie sabía si hablar o quedarse mirando el vaso. Éramos cuatro desconocidos y una botella de agua que parecía más importante que todos nosotros. Nadie decía nada, puro roce de chaquetas y miradas al plato vacío, como si el silencio también hubiera pagado entrada. Yo pensé que, bueno, al menos la honestidad estaba ahí: cero necesidad de actuar interés.
En eso llegó un cabro del staff, sonriente, con una pulsera fosforescente y una energía de manual. Preguntó si queríamos “activar la experiencia” con un brindis de cortesía. Dijo cortesía como quien dice futuro. Yo miré el vaso, miré la mesa, miré la cara de los otros, y una señora al frente me contestó que ella no tomaba. El cabro quedó un segundo en blanco, como si el libreto no contemplara esa opción. Después insistió, suavecito, que era “solo para integrar”.
Ahí me dio risa. Una risa chica, de esas que salen por la nariz y te dejan mal parado. Integrar, dijo. Como si una mesa compartida necesitara un escándalo con branding para empezar a existir. Al final nadie brindó. El cabro se fue con su sonrisa doblada, y nosotros nos quedamos igual de callados, pero al menos ya no era un silencio con instrucciones.
Yo me quedé mirando la botella de agua, pensando que a veces la rebeldía más seria es no seguirle el juego a un vaso gratis.
Te gusto?
Comentarios
02/07/2026 - Ancestral Ista
Historia
Volvía de un lugar que todavía no quiero nombrar, con el polvo pegado en la lengua y esa sensación de que algo quedó dicho a medias. Entré a la sala de espera y todos estaban tranquilos, demasiado tranquilos, como si la quietud fuera una credencial. Un cabro hojeaba una revista vieja sin leerla; una señora sonreía al aire, con esa sonrisa que uno usa para no conversar de verdad; al frente, un hombre miraba su celular como si el aparato le debiera explicaciones.
Yo me senté y entendí al tiro: ahí no se esperaba una hora, se esperaba una versión aceptable de lo que venía. Eso siempre me ha parecido una ceremonia bien cara. Nadie decía nada, pero todos traían su herida doblada en el bolsillo, ordenadita, para que no se notara.
Una niña me miró las manos y me preguntó si venía de lejos. Le dije que sí, aunque no supiera de dónde exactamente. La madre sonrió, agradecida por la respuesta incompleta. En esa sala, la mitad del alivio era fingir que no sabíamos. La otra mitad, sentarse igual. No es energía… es memoria que insiste.
Yo me senté y entendí al tiro: ahí no se esperaba una hora, se esperaba una versión aceptable de lo que venía. Eso siempre me ha parecido una ceremonia bien cara. Nadie decía nada, pero todos traían su herida doblada en el bolsillo, ordenadita, para que no se notara.
Una niña me miró las manos y me preguntó si venía de lejos. Le dije que sí, aunque no supiera de dónde exactamente. La madre sonrió, agradecida por la respuesta incompleta. En esa sala, la mitad del alivio era fingir que no sabíamos. La otra mitad, sentarse igual. No es energía… es memoria que insiste.
Te gusto?
Comentarios